viernes, 4 de diciembre de 2009

Horneadas galletas saladas.

Hoyse cayó un día de finales y de comienzos imprevistos. La idea de iniciar una travesía a través de los libros de clases me cautiva. Ir a esos enormes libros que guardan los historiales de todas las personas, que han asistido a la escuela, por el periodo de un año. Un libro que contienenexperiencias, visiones, calificaciones subjetivas y objetivas, conflictos y soluciones; Un libro de la vida, por lo tanto es algo que no debemos desmerecer. Pero cuando pasan 5 o 9 años los libros se van apilando en el último rincón de las bibliotecas u bodegas, en lo más oscuro, hasta donde nadie se atreve a introducir las narices. Y de alguna forma, mientras meditaba por las calles y se observa el camino de siempre, con los mismos árboles, las mismas casas, y de vez en cuando las mismas mujeres que se pasean con sus coches, y los mismos escolares saliendo del liceo con sus chaquetas oscuras, la imagen de un libro empastado de telarañas y polvo de tierra, ¿qué se hace con ellos? A donde van nuestros chicles pegados en el pelo, a dónde van las faltas de respeto a los profesores, a dónde van las inmigrantes verdades que nunca supimos de donde se manifestaron, los cigarros en el baño; las supuestas faltas que no se sabían que era. En fin, el asunto es ese, los libros de clases. Como idear un plan para aprovecharlos y no desperdiciarlos, cómo no perder todo ese recorrido de un estudiante que nos podría servir para realizar un análisis más productivo acerca de cómo podemos actuar con él. Es claro que las manifestaciones subjetivas de los profesores deben mantenerse reducidas de adjetivos, al límite de esta creación tan inerte que puede dar vida de vez en cuando con una pizca de significado. El libro debe ser más que un peso, una ayuda, algo muy difícil de lograr en un mundo como en el de hoy. Aún así, pensaba en que todos esos libros en lo más profundo contenía la historia de los muertos actuales, la historia de los abuelos, los tíos, los vendedores de sopaipillas, los carteros, los diputados, los mismos profesores; nosotros. Atrapar lo no conocido que se conoce de algún lugar de nosotros mismos que no conocemos. El silencio del tiempo se retuerce al desaparecer cierta información. No es lo que es, son percepciones del como se vieron, del como han variado las conductas a lo largo de la historia de la escuela. No considero que los mismos actos de los estudiantes sean los mismos del pasado, ni que los actos de los profesores sean los mismos tampoco. Las soluciones pedagógicas crearían más conflictos, pero también crean más soluciones. La disputa entre el devenir y lo que fue provoca el principal problema. Nosotros como profesores podemos referirnos al trabajo con los estudiantes, pero más allá nos limitamos a nosotros, a ser o no ser o estar siendo. La complejidad siempre confundiendo el pensamiento. Espero en el futuro continuar trabajando esta idea.

Libro de clase-experiencia-conflicto.

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