Yo no le hubiese escrito nada, a no ser de su fragil debilidad ante las imagenes cotidianas de un pueblo descartuchado por perdices de color almendra, nada de eso a no ser de su escalofriante muestra de reptiles invertebrados que reventaban sus ojos hasta salpicarnos los recuerdos de niñez, aquellas sendas por donde transitaban tus manos entre cada pétalo,
por donde las huellas muertas de un símbolo amalezado por toda la senda de la realidad.
El solo hecho de verme entre el vertigo y las asquerosas huellas digitales de aquellas cucarachas desfinlando más allá de cada imagen individual trás unos ojos infinitos en numeralidad. Las huellas rastreras de nuestros confusores bastardos que nos atan a producir este tipo de absurdas descripciones. No hay verdad cuando se ama. No hay verdad. Pués aquel sentimiento se eleva por las raudas pendientes en que me atrevo a descifrar este petroglifo sin si quiera tomar en cuenta el cambio efectuado por la realidad cambiante del maestro frágil de la tecnología, ahora de última de moda. Anticipar el ritmo del futuro. Diluir las durezas del pasado. Desfragmentarse al movimiento del presente. Todo eso, y más se asomaba por el movimiento de mis ojos.Pero a la vez nada,el arbol fructifero donde caen a copular mis palas con las huertas de esa extraña simbología. Nada más que las mismas imagenes cotidianas,
jueves, 1 de abril de 2010
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